Lardero

Aquel juernes, con licencia especial para hacer botellón, fue su despedida de la infancia, un rito iniciático dirigido por una manada de joviales beodos.

-Perrea, perrea, y longaniza al puchero-, vociferaban en aquel oráculo poligonero.

Cuarenta días de abstinencia, de solitaria y amarga penitencia, sin resurrección tras domir aquella terrible mona.

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Cuestión de cifras

La mitad de una octavilla, más o menos… un diciesesisavo, que dicen los papeleros. Ahí estaba, en mi limpiaparabrisas, y en el de todos los de la calle, sin exclusividades.

Hacía ya mucho tiempo que nos borramos, pero jamás olvidaría sus guarismos. Los mismos que allí había impresos, intitulados, en blanco y negro: joven española, guapa y cariñosa, busca.

Máster Chef

Aquel grupo de desconocidos aficionados al buen yantar, en su primer día, tuvo por ejercicio inicial la presentación de cada uno de sus integrantes.

Al fondo, la mayoría reconoció a la señora de mediana edad, asidua a pasear con su carrito por las calles del barrio.

-Me llamo Petri. El otro día, en el comedor, me di cuenta que apenas recordaba las recetas del sencillo menú que nos sirven. Llevo muchísimo tiempo sin cocinar, así que, aquí estoy, para no olvidar.

Aquella noche, finalizado el taller, se permitiría el lujo de no rebuscar a escondidas en el interior de los contenedores del hipermercado.

El refugiado

En aquel campo, al que se atrevieron a poner puertas, llegó confiando en la espesura de las mantas y la indiferencia del nylon.

Lejanas explosiones, suaves como descorches de champán, le animaban a cerrar los ojos. Una triste nana para los obligados a sobrevivir solos.

Al contrario que sus vecinos, su tremendísimo temor era el premonitorio silencio, la trájica calma de la rotunda noche.

La tarotisa

La muerte… -me miró fijamente.

No se preocupe. –dijo, quizá, para intentar aliviar, en vano, mi creciente ansiedad.

No es necesariamente una mala señal. Todo el mundo piensa, cuando ve esta carta, que se refiere a sí mismo. La muerte es un cambio importante, pero no necesariamente negativo. Y esta carta la ha levantado de forma invertida, apuntando hacia mí. Su cambio será de trabajo, de amigos, de pareja, o de lugar de residencia… pero todo apunta a que sabrá llevarlo a cabo con entereza. Su destino se manifestará en la carta que levante ahora con la mano del corazón.

Ante la sonrisa davincesca de la reina del pentáculo, no tardó mucho en comprender que sería asesinada, que la primera carta no era sino el recado que nuestro futuro traía para ella.

Antes de aquel día, jamás hubiera creído en las artes adivinatorias.

12600 centilitros

Su ambicioso porte de ejecutivo, con cabello engominado hacia atrás y patillas angulosas, recibía, cada mañana, el silencio de un rostro que no le deseaba buenos días.

Aquel perdedor nauseabundo se despertaba de su hura de orines para luchar, en un duelo de miradas, que duraba lo que daba de sí un ángulo de visión inhumano.

Nunca escuchó un agradecimiento por cada botella de ginebra que le dejaba, al final de cada tarde, sobre los sucios cartones. Sus cetrinos ojos tampoco le ofrecieron nunca un buenas noches.

-Unos aguantamos más que otros-, comentaba satisfecho con su frígida esposa, mientras disfrutaba de un cargado Bloody Mary.

Retrovirus

La deuda vitalicia, impuesta por aquellos transportistas, finalizó inmediatamente con la llegada de la misiva remitida por el centro de salud.

Tras la entrevista en la farmacia, volvería a su rutina de polígonos y olores. Un rosario de píldoras de por vida, a cambio de seguir haciéndolo con y sin condón.

30 milímetros

Una tarde de domingo, otra más de deseo vomitado, recordó la regla de los tres centímetros.

Aquella que predicaba el padre Llanos, para contener el ímpetu primaveral de la juventud, que se agrupaba delante de la única pantalla del barrio.

Y se decidió a cumplir la norma tantas veces infringida, sin posibilidad de cancelación, a escala 1:55.382.000.

Psicostasis

 

Polvo eres y en polvo te convertirás.

 

En la calle Juicio Final, número seis, sexto efe, se reunió con su arcángel, el que es como Dios, el que no teme a la noche de los tiempos.

Observaban ansiosos el resultado de la Tanita dorada. Un sonriente Lucifer se frotaba las manos sudorosas durante el pesaje de aquella alma consumida.

Suficiente para un último viaje, también fiado, a la tercera postrimería.

Muxía

muxiaA la viejísima meiga no le agradó aquel hierático monumento. Un menhir sesgado a la mitad, en terreno sagrado, era invocar la furia de los cielos.

Mientras se alejaba en su barca, las llamas consumían milenios de peregrinación. La omnipotencia del océano, desdeñada por los comerciantes, sofocaría sin piedad los paganos restos.

Urraca Miguel

Cuenta la leyenda que, en aquella sinuosa curva, una pareja espera en silencio. Quiso un vengativo dios que reposaran juntos, sin poder tocarse, para castigar sus tóxicos sentimientos.

Dos calizos pedrones, en la senda del valle que recoge las aguas, lágrimas primaverales, de los ojos llamados albos.

Telúricas señalizaciones, desatendidas por Sísifo, que permiten al incauto tropezar sólo una vez.

El aspirante

En Entrevías, la jerarquía de la panda también se reflejaba en el Supermirafiori. Encajonado en las plazas traseras, sin posibilidad de promoción hacia el puesto de copiloto, su dedicación a la farla rozaba ya la adoración.

Desde el parabrisas, las rayas blancas de la calzada se fundían en una continua, mostrándole un nuevo camino. La ambulancia, lenta, se encargaría del resto.

Culpable

 

Algunos estudios han demostrado que existe una
predisposición genética al alcoholismo…

 

Apenas un mes desde su primera participación, se presentó en ese cónclave de anónimos, dispuesto a redimir su perfidia. Entre sollozos, explicó que, allá, solo servían recio vino de pitarra y gaseosa para suavizar…

Su difunta madre, preocupadísima por los glóbulos rojos, había sido muy estricta en prohibirle el consumo de agua carbonatada, con y sin, edulcorantes.

Desiderata

 

A tí, que no apareces.

 

De puntillas por la tarima, con la suave elegancia de los cisnes de ballet, pasaba sus verdes ojos por los ruborizados lomos, agrupados bajo el cabalístico siete…

Un paciente marcapáginas esperaba, oculto entre aburridos formularios, indicarle nueve cifras, un deseo hecho de papel.