Golpe de suerte

Doña Asun se disponía a sortear uno de los escasos objetos publicitarios que el Domund había dejado en aquel hacinado colegio rural.

Se fijó a en aquel niño solitario, ni listo ni tonto, que a veces rezumaba un leve olor a pipí, y del que no recordaba a sus padres. Apretaba puños y ojos hasta exprimir lágrimas, y piadosas sílabas se escapaban por sus temblorosos labios, desesperado por recibir la atención de la esquiva fortuna.

Tan indiferente era el premio, que la maestra de primaria no dudó en amañar el resultado. Y se lo entregó al infante, que asomó una reciente sonrisa desdentada.

A la mañana siguiente, en su húmeda almohada, el ratoncito Pérez seguiría sin aparecer.

Sonatina

Sus gélidas manos, dirigidas por el ópalo azul de sus ojos, interpretaban las notas de la particella, muy racionalmente, para no defraudar a la perfección matemática del compositor.

Ella frente al piano. Único espectador del que aceptaba una opinión.

En la nocturnidad de su cuarto, sábana de coralina mediante, se enternece entre sigilosos compases de Burrito Blanco.

… nada personal

Caminaba, con paso ágil, por el estrecho camino que atravesaba aquel parque oscuro. Cuando oí los pasos que surgieron de entre los matorrales, ya sentía el frío afilado del acero en la garganta.

Fue muy breve, y aún más desagradable.

Al marcharse, mientras me recolocaba la ropa, musitó esa frase que me sigue martilleando.

38. Adiós, esmarfouns, ¡que os desconecten!

A Agustín García Calvo

Enorme placer el estar ya muerto como decís vosotros, fundido con el no-ser como digo yo.

Libre de la Realidad, de las morroñosas trampas de la no-veracidad con las que añadís cada día, a vuestras infectas heridas, ese dolor inagotable.

Enorme placer no tratar ni de lejos con vosotros, tropa de ovino comportamiento, apocados simios que discurrís por el mundo del Capital, blandiendo los esmarfouns, con sus formas de portátiles atauditos (pues la palabra ataúd también tiene diminutivo), para que el Capital sea en ellos, y de paso en vosotros.

Y a esto es a lo que me refiero…

A los que aturden vuestros ya atrofiados cerebros con ese vómito de noticias, música, mensajes, opiniones y bromas a las que, cuando intento llamarles información, sólo consigo denominarlas ruido.

A los que matan la reflexión, provocando que el pensamiento apenas horade un estímulo antes de lanzarse al siguiente, y ya, antes de haber llegado a este y de tomar siquiera la forma de idea embrionaria, arrojarse a la senda dela infinita expectativa para producir su racimo de abortitos del raciocinio.

A los que asesinan La Paciencia, que nuestros mayores consideraban “el arte de la Ciencia” (y, por tanto, del Conocimiento), pues en los Reinos de Nuestro Señor San Gúguel, las respuestas se generan en sincronía con las preguntas; la Realidad se prostituye, barata, en forma de unívoca e inmediata respuesta a golpe de clik.

A las máquinas perras y tragaperras del pensamiento, cuya borrachera de luces y sonidos viene con el despertar de la devastadora resaca de la idiocia multitarea (multi-tás, diréis los clauns que creéis que sabéis inglés).

A los homicidas de la sorpresa, de la posibilidad, de la espontaneidad, del aburrimiento, de la creatividad y de la génesis.

A los que inoculan pasividad y cercueil-dumbre en las almas de vosotros, victimario.

A ese cloroformo necesario para la extirpación del brillo en la mirada, para la extracción de las glándulas supra-reales que la Administración requiere para todo su rebaño, vosotros que os llamáis vivos.

Por ellos, la Realidad os acompaña siempre para que, ciegos de luz, sordos de ruido e inútiles de utilidades, se os ahorre la molestia de vivir, de gestar cada una de vuestras Verdades, postrando vuestra mirada al pozo luminoso de la Administración de Muerte que el Capital os obliga a comprar.

El navegador os dirá, zombidiotas, con su voz de hembra inane, por donde ir a adquirir la Felicidad que la Realidad os promete. Acariciaréis su estéril pantalla táctil con la delicadeza y destreza con la que nunca lo haríais en caso de tratarse de un órgano sexual, ni propio ni ajeno.

Los cacharritos, faros de La Felicidad para enajenados, ojos de Demonio, os acercan a la Realidad virtual no virtuosa, alejándoos de la Verdad personal, de las virtuales realidades. Regalando vuestra vida a cambio de cuentas de colores, os repanchingáis en la portátil poltrona que entroniza al Capital y a su Administración de la Muerte.

Esos cachivaches os permiten, mequetrefes, realizar maravillas tales como, a saber:

  • consultar la antepenúltima letra de la hipo-teca, gracias a la aplicación que vuestro Banco de tortura del Capital os facilita.
  • digerir las últimas ideas defecadas por la progresía o el facherío (en función de vuestras escatológicas preferencias), elaboradas por las lavadoras de cerebros del Capital.
  • saber la temperatura que hace al otro lado de tu ventana (no vaya a ser que se te ocurra abrirla).
  • mandar una broma casi sin gracias a alguien que casi no te importa.
  • otros prodigios…

Perdonad, ¡se me olvidaba! Os ayudan a generar, gracias a los selfis colgados en faith-buk esa identidad con la que proyectar vuestra infra-vida mediocre hasta la pretendida estratosfera del reconocimiento social. Lamentablemente, oh necios, la catapulta de atención de vuestros idiotizados congéneres apenas alcanza el segundo piso y, siendo fugaz como floración de amapola en barbecho, os veis obligados a, con redomado esfuerzo, volver a generar contenidos, de los que ser meros continentes.

¡Ay, petimetres! que os sabéis en vuestra certeza omnipotentes y omniscientes diosecillos de aplicaciones, mientras no sois más que muertos murientes de andar por casa, aplicados alumnos de La Administración… ¡Qué sabréis de libertad, vosotros, encadenados!… ¡Qué sabréis de poder, vosotros, incapacitados, desengrasadas sillas de ruedas para vuestros tetrapléjicos pensamientos!

Cuan dichoso yo, pues ya muerto, no oigo las molestas alertas y notificaciones de la Administración de Muerte en cómodos plazos, ni siento la desconsoladora vibración que exige inmediata atención a sus necesidades, ni me siento vacío al sentir su ausencia en mi bolsillo. Dichoso yo, que ni busco ni buscaré ya nunca ese mensaje, el único esperado, ese que nunca llega…

¡Ay, founs , que os den por el Futuro! Que por el mismo agujerito por el que recibís la descarga, os den más de lo que podáis resistir. Desde aquí, desde la Verdad de la Nada, os mando por guasa vuestro afamado emoti-con de sonriente ñordo.

¿Agustín García Calvo?

Club “La Trocha”

munel

La ciudad ladra su noche por esa callejuela con charcos de meadas que reflejan la luz trémula de un neón triste por la ausencia de clientes en ese burdel en proceso de traspaso. Eugenio es el cancerbero de ese purgatorio de güiski aún más barato que el perfume de sus licenciosas señoritas.

La Mari es la única que está dentro. Es la hora de apertura y apenas llega algún casado en apuros. Pero a ella le conviene cubrir el primer turno, para así poder volver a casa a tiempo de poder acostar a Margarita, su hija: “Marga” para la familia, “Hija de puta” para las compañeras del cole. La Mari platica con el camarero, unidos por el aburrimiento y un odio sordo hacia el bruto de Eugenio que, con sus numerosos tatuajes baratos, camisetas ajustadas, gafas de espejo de bordes dorados y sempiterno ademán hierático, no sólo siembra el temor entre los clientes que dudan a la hora de efectuar el pago.

Nadie sabe que Eugenio, bajo sus lentes opacas, a menudo oculta las lágrimas causadas por el abandono de su enamorada, hastiada por los horarios nocturnos y los aromas a marihuana y a ramera que el “Geni” traía a casa seis de cada siete días. Ella se acabó largando con el señorito de cuidados modales que llegó de la ciudad para recibir, de esta región hostil, un laboro de maestro y la paliza que Eugenio le tuvo que dar para enseñarle lo que la universidad de la Capital no tuvo a bien.

También el odio de Margarita, no tan pequeña como para no darse cuenta de la indiferencia con la que su profe ignora las ignominias cotidianas que sus alumnas le regalan.

 

Pentecostés

Acá, a 6500m de altura, mientras yazgo dentro del saco, me he dado perfecta cuenta…

Años de trabajo, ahorrando para poder hacer el viaje, meses de entrenamiento para la escalada, tantas disputas con ella, para que por fin comprendiera por qué quería ir solo a aquella montaña.

Antes veía los dorados atardeceres, las luminosas estrellas, la nieve diamantina, la libertad del ascenso, la gloria de la cumbre…

Ahora la lona de la carpa abofeteaba mi estupidez, tiemblo no tanto de frío físico como espiritual, de miedo a tu ausencia. Soy un trozo de lomo de bife que añora la cálida sala de estar, tu irradiante sonrisa cruzando la puerta, tus brazos delgados en torno a mí, esos que aún no se habían cansado de darme la bienvenida.

 

Hijo de perra

No me lo podía esperar. Pedaleaba esforzado y constante por la serpenteante carretera que conduce a los altos de Pítec cuando las copas de los árboles filtraban plácidamente la luz que tocaba el suelo como un moteado de sol, sombra y viento. Los trinos de las aves se vieron interrumpidos por esa mirada de odio. El camino me conducía inexorablemente hacia él.

Pequeño y sucio, su gruñido lejano me enseñó los dientes, quién sabe si para proteger el terreno de su amo, acaso para justificar su miserable existencia entre barro y estiércol. Corrió a mi encuentro, ávido mientras ladraba improperios. Su rápida acometida hacia mi tobillo me obligó a dar un giro brusco de manillar y ni mi adrenalina ni mis insultos le hicieron cejar en su empeño de demostrar su supremacía para con el intruso. Su segunda intentona, ya más predecible, fue bienvenida con un preciso (y, desde mi punto de vista, precioso) puntapié de bota en su húmedo y blanco hocico.

Sensible y ofendido, paró en seco a lanzar agudos sollozos y quejidos lastimeros. Entretanto, mis ruedas seguían alejándose de esa nueva víctima inmolada ante un dudoso concepto de ingobernable honor canino.

Viaje astral

-Discúlpeme, señorita, ¿cómo logra usted un tan fino cutis? Espero entienda mi impertinencia, pero…- hizo una pausa dramática, aderezada con una zalamera mirada.

La mirada bovinamente incrédula del camarero paso a ofendida queja mientras se mesaba la poblada barba.

-Mira que gracioso… ¡El gilipollas de las once y cuarto!

-Tampoco es para ponerse así, señorita. Bastaba aludir a alguna manida razón, como pudiera ser la presencia de su marido en el boliche… y aquí paz y después gloria…

Allá es cuando Leopoldo no pudo más, se levantó las enaguas y le propinó un puntapié en los neutrinos al excéntrico caballero, enviándole al mismo siglo XIX del que nunca debió salir.

Mal de altura

ciel

El vino en el refugio y la adormecida música de jazz con la que la noche se impone, hacen evolucionar las risotadas de primera hora, pasando por las increíbles historietas de montañas pasadas hacia las confidencias que, pronunciadas con gravedad, sólo exageran su carácter de testimonios de mierda, penosa vanagloria de borracho con segundas y estériles intenciones para con la joven camarera que, al menos, agradece el intento con una mezcla de lástima y satisfacción con los que poner la guinda empalagosa a su interminable jornada.

¡Qué Cruz!

Acaudillado, siempre con sangre en las manos, siempre por desenclavar, cautivo y desarmado, desde una fosa de Cuelgamuros vuela a Mingorrubio ya por fin.

El mismísimo diminuto Generalísimo que comenzó la Fraternal Guerra Santa que envió más de medio millón de ánimas al Juicio Final, católicamente facilitó la extremaunción de 50.000 ejecutados, animó a 400.000 exiliados a la búsqueda de su Tierra Prometida, impuso las Tablas de su Ley durante cuarenta largos decenios de días… con sus cuarenta largos decenios de noche.

Ya podrá descansar, fuera de una cuneta, sólo Dios sabe si eternamente, sólo Dios sabe si en paz.

Olma

olma

Me llena tu orgullo de árbol maduro que cada marzo florece. Te bendigo por tu sombra, aunque no pueda alcanzarla. Porque a pesar de tantos y tantos inviernos, de los daños en tu corteza, sigues estando ahí.

Me llena de felicidad tu mera existencia. Porque cada año creces aún más. Porque aunque ya mis abrazos no alcanzan a abarcar tu tronco, porque aunque ahora tus ramas se obstinen en ocultar tu copa, porque a pesar de los frutos que no pudimos compartir, sé que tus raíces siguen y seguirán buscando mis pies.

Mostro


politioititilMiraba sin ver el partido de fútbol. La conexión del wifi de la pollería no funcionaba, así que tenía el fastidio de no poder comprobar si el inquilino había hecho el ingreso en mi cuenta corriente.

Un niño de mirada triste y ropa vieja apareció por mi espalda, ofreciéndose a venderme unos pañuelos con exquisitos modales.

-No, gracias.- le espeté con una sonrisa impostada mientras no veía ni la televisión ni el móvil. En ese momento llegó mi cuarto de pollo asado con patatas fritas, arroz chaufa, refrescante ensalada y trigueña cerveza.

-¡Camarera! ¡Faltan las servilletas!

…como un perro

roafEl hombro ya me dolía de antes. Pero esto ya era demasiado… La forzada posición para llevar el volante del camión me estaba cargando los tendones, y el asiento seguía sin poderse reclinar. El calor del desierto de Atacama me hacía sudar a chorros al hacer mis ejercicios de estiramiento. El polvo levantado por los vehículos precedentes se me colaba en la cabina al seguir mi ruta, ya con retraso, hacia Calama.

A la izquierda, dos perros jugaban. El gris, al escapar de un ademán de mordida del blanco, corrió hacia la carretera. Mi frenazo llegó demasiado tarde. Noté como la rueda izquierda de mi primer eje pasaba por encima de un obstáculo. La primera preocupación fue por los amortiguadores, así que bajé. Allí comprobé que el único desperfecto mecánico lo tenía el chucho. Yacía bajo el camión, con las patas traseras dañadas. Con las delanteras, trataba inútilmente de arrastrarse mientras gemía débilmente. El perro blanco, a su lado, aullaba solidariamente, tal vez sintiéndose culpable por el atropello.

La escena era intolerable. Subí rápidamente, pues al fin y al cabo tenía prisa, cerré la puerta y aceleré.

Noté el paso de la segunda rueda izquierda. Creí percibir un crujido de costillas. Me negué a mirar en el retrovisor. Cuando no pude evitarlo, ya en la lejanía, entre el polvo vislumbré al perro blanco con el morro teñido en sangre, primero de lamer las heridas de su amigo, luego de devorar sus intestinos, ahora esparcidos por la carretera.

Morfeo

-¡Extraño sueño!- me dije, en voz alta, aún aplastado por las mantas.

Sí, allí estaba yo, con el Primer Ministro de Canadá, en una terracita en Altea. Un hombre sonriente, de cuyo nombre no puedo acordarme, estéticamente artificial y agradable como un jarrón de porcelana. Tenía la mirada brillante y muerta, como su réplica del museo de cera, como un halcón disecado. En su extrema cordialidad había cierta, qué sé yo… frialdad o profesionalidad como con aires de superioridad.

No recuerdo lo que me dijo, ni si hablamos en inglés o francés (el Primer Ministro de Canadá, como todo el mundo sabe, no habla español ni en sueños). Pero, al despertar, me embargaba una sensación de desasosegante familiaridad, de tal forma que se me hacía difícil pensar que no estuviera conmigo en la mesa, ahora, para tomar el desayuno conmigo.

Decidí levantarme de una vez y, tras ventilar la habitación y mi consciencia, acudí al cuarto de baño. Tras echarme agua fresca por encima, atónito frente al espejo, descubrí la cara recién lavada del Primer Ministro de Canadá.

Perspectiva jerárquica

Encuadró a aquella impostada cuadrilla con la cámara frontal de su teléfono móvil, comprado, para la ocasión, a crédito. Ella, becaria, en primer plano; él, jefe de proyecto, al fondo.

Y continuarían los retratos, cada vez menos grupales, sometida la importancia relativa al capricho del alcohol.

Cierra el pico

Irritadísimo, le di unas monedas para que se callara. Para que dejara de entonar aquella trillada letanía y poder volver a concentrarme en mi lectura.

Lo justo para que se bajara del Cercanías, dirección al poblado, en busca de un postrero silencio.

Chisagüés

En lo más profundo del valle, unas escasas farolas daban cuenta de aquella aldea sin altar consagrado. Ninguna excomunión, ninguna leyenda se conocían, aunque él sabía que era lugar de esconjuros y, lo suyo, cumplía ya trece aniversarios.

Aquella bruja que le acompañaba, demasiado interesada en herbolarios, no tardaría en dejarse atraer por el profundo azul de los acónitos.

El rebuscador

Al Monín.

 

Antes de la diana floreada, en la aurora sin rosario, aparecía deambulando, con cabeza baja y relapsa mirada. Escrutaba las rondas, otrora regias, repisadas ahora de arena y olvido.

Entre buenosdías de aguardiente, azuelos sin jornal recuerdan que su hermana le remitió un décimo desde Santa Pola. Desde entonces, revisa cada rincón mil veces recorrido.

En el amanecer de los objetos perdidos, aquel pueblo desertor de la suerte se conforma con reconocer si ese boleto fue, o no, agraciado.

Lardero

Aquel juernes, con licencia especial para hacer botellón, fue su despedida de la infancia, un rito iniciático dirigido por una manada de joviales beodos.

-Perrea, perrea, y longaniza al puchero-, vociferaban en aquel oráculo poligonero.

Cuarenta días de abstinencia, de solitaria y amarga penitencia, sin resurrección tras dormir aquella terrible mona.