Exilio

Bajo la cúpula de su paraguas transparente, imaginó como hubiera sido un paseo juntos bajo la lluvia otoñal.

Los incansables giros del ventilador de techo tampoco evitaron que, su cutis, se empapara de dolor.

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Desiderata

 

A tí, que no apareces.

 

De puntillas por la tarima, con la suave elegancia de los cisnes de ballet, pasaba sus verdes ojos por los ruborizados lomos, agrupados bajo el cabalístico siete…

Un paciente marcapáginas esperaba, oculto entre aburridos formularios, indicarle nueve cifras, un deseo hecho de papel.

Menos veinte

De repente, caí de las nubes y me encontré con un niño a mis pies.

Apenas me llegaba a las rodillas, pero sus ojos preocupados solicitaban mi atención.

-¿Qué hora es señor?- preguntó.

Las agudas manecillas de mi reloj, con ángulo severo, me advirtieron que algo estaba muy adelantado.

JEFE de Estado

Amenazante, y quien sabe si por ello, o tal vez no, amenazado. Ministro de la injusticia, de la insanidad, de las infra-infraestructuras, de la agri-incultura, del monopolio de su cuñado y, principalmente, de la Defensa y, sobre todo, del Ataque… Delegaba solo los marrones, nunca los laureles o la toma de decisiones, casi siempre sin más fundamento que el pie con el que se había levantado ese día.

El Rey Sol maduraba las bananas de su república, aparentemente feliz.

Locus amoenus

Nadaba por el canal que separaba dos islas paradisiacas. El lugar me resultaba familiar. Me concentraba en ver las figuras del sol sobre el lecho oceánico y algún esporádico pez coloreado nadando por entre el agua transparentemente turquesa. Entonces apareció ella, con un bañador blanco y su cuerpo de entonces. Sonriendo, me pregunto “¿dónde vamos?”. Tragué agua, tosí, y le indiqué, como pude, el faro de enfrente. Hay que tener algo de cuidado al doblar el cabo, le indiqué, pues las corrientes son contradictorias.

Desperté abruptamente. Mientras preparaba el café, escrutaba la cocina como si fuera un escenario desconocido. Dando vueltas de cucharilla, me di cuenta de que nunca había estado en aquella maravillosa costa.

Acaso en otro sueño, ya olvidado.

La casita de Caín

Se le antojó al mozuelo construir un minúsculo cuartucho en aquella centenaria higuera. Quería así proteger su propiedad del saqueo de los tordos burlones.

Tamaño alarde de egoísmo fue cortado de raíz por su progenitor, que desconfiaba de los tentadores árboles frutales.

La maldición de la oveja negra no se hizo esperar: muerte en la familia que osara sesgar a un breval.

El síndrome

Incluso antes de que se instalara la soledad, era manifiesta su incapacidad para desprenderse de bolígrafos y rotuladores que no funcionaban. Una manía bastante común…

Varios quintales después, la legión de envases que ocupó su pisito no conseguiría llenar tanto, y tanto, vacío.

La mujer número 17

Odiaba las películas que exageraban los efectos de sonido, como cuando un portazo suena como si fuera el disparo de una escopeta. La realidad, siempre más violenta, también es más silenciosa.

Cerró la tapa del refrigerador con todas sus fuerzas. La resonancia de aquella sala inerte no le ofreció un gran estruendo, ni una pizca de justicia simulada.

Salió de la morgue sin reconocer a ese maltratador, a ese suicida. Allí, sólo vio a su padre.

Libro de estilo

Mi escaso orgullo creativo fue profanado cuando aquel transeúnte se quedó largo rato examinando el cartelito. Pantone 285, tipografía Gil Sans, tamaño 36, escudo corporativo de rigor, sin filigranas y con lenguaje claro y conciso.

¡Vale que no fuera un diseño genial, pero cumplía con las pautas y respetaba la  homogeneidad estética…

Todo dejó de tener sentido cuando, armándose de valor, se acercó al mostrador y preguntó si allí se enseñaba a leer.

Nivaria

Como si estuviera sentado en la peana de la estatua del Albertina, ensalzó la vista de tan mayestática voluptuosidad ecuestre, que bien podría haber sido esculpida con aquellas bolas de acreción…

Unas pequeñas olivas, acompañando la Dorada, bastaron para sacarle un agradecidísimo ¡danke sehr!